La suba del diésel vuelve a presionar una economía que depende en gran medida del transporte terrestre para mover cosechas, mercaderías y personas.
En septiembre, Petróleos Paraguayos (Petropar) elevó G. 495 por litro sus dos variedades de gasoil. Desde el día 24, el Diésel Porã cuesta G. 8.785 y el Mbarete, G. 10.795; la lista seguía vigente en octubre.
El ajuste estatal llegó después de varios aumentos privados. Hasta septiembre, el diésel común acumuló una suba de 43,8% en emblemas privados y de 32,6% en Petropar entre marzo y agosto, antes del último reajuste.
Este mes, Enex llevó su diésel común a G. 9.490, frente a G. 8.785 en Petropar y en los últimos días otros emblemas se sumaron al alza. La estatal vendió 72,7 millones de litros en agosto, cerca del 23% del mercado.
El panorama internacional agrega incertidumbre
Paraguay importa el gasoil que consume, por lo que los precios externos y el tipo de cambio se transmiten al mercado local. Las tensiones geopolíticas y el petróleo más caro elevaron el costo de reposición.
El Brent cerró el viernes 23 de octubre en USD 116,72 por barril, tras subir 3,1% en la jornada y alcanzar su nivel más alto desde junio de 2022. La guerra entre Estados Unidos e Irán ha recortado la oferta global y mantiene bajo amenaza el tránsito de petroleros por el estrecho de Ormuz.
Los ataques y las dificultades para navegar por esa ruta estratégica alimentan el temor a nuevos cortes de suministro y a más volatilidad en los precios. Si la tensión persiste, el costo de reposición del combustible importado podría seguir presionando al mercado paraguayo.
El primer impacto se siente en el flete
Camiones que trasladan granos, ganado, insumos y productos terminados consumen diésel en cada tramo. En el agro, el gasto alcanza también a tractores y labores mecanizadas.
La suba coincide con el inicio de la campaña sojera y representantes del sector señalan que los costos de producción de la zafra 2026/27 aumentaron entre un 15% y 20% frente a la campaña anterior.
Como los productores reciben precios fijados en mercados internacionales, no siempre pueden trasladar sus gastos al comprador, por lo tanto, sus márgenes y competitividad se reducen.
Mayoristas, distribuidores, comercios y supermercados dependen del transporte para abastecerse. Cada proveedor decide si absorbe parte del aumento, renegocia tarifas o actualiza sus listas. Por eso la presión no se convierte en una suba idéntica e inmediata para todos los productos. Pero si los reajustes persisten, crece el costo de llevar bienes hasta ciudades y barrios.
En los alimentos, el cuadro es mixto. El IPC de septiembre marcó una inflación mensual de 0,1% y acumulada de 1,9% entre enero y septiembre. Sin embargo, las hortalizas y tubérculos frescos subieron 6,8% en el mes; el limón, 18,1%; la cebolla, 17,2%, y el tomate, 14,1%.
No es posible atribuir cada alza al diésel: también inciden la oferta, el clima y otros costos. Pero las cifras muestran por qué los hogares pueden sentir presión aún con una inflación general moderada.
El transporte público suma otra vía de transmisión
Si el pasaje permanece estable, el mayor gasto de las empresas puede elevar la tarifa técnica y las necesidades de subsidio estatal. Parte del costo no aparece de inmediato en el boleto, pero recae en las cuentas públicas que, de igual manera, es trasladado posteriormente a los contribuyentes.
El efecto final depende de cuánto dure la escalada, del precio internacional, el tipo de cambio y la capacidad de cada eslabón para absorber costos. El diésel no fija por sí solo el precio de la canasta familiar.
Sin embargo, al mover cosechas, mercaderías y pasajeros, activa una presión transversal, primero en fletes y producción, luego en los costos comerciales y, con distintos tiempos e intensidades, en el presupuesto de los consumidores.

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